sábado, 1 de noviembre de 2008

jueves, 30 de octubre de 2008




Hola: aquì estoy para contarles algo de mi vida. Aunque no lo crean, el de la foto soy yo. Aquì con 7 años. Nacì en la ciudad de Frìas, Santiago del Estero, un 3 de octubre del año 1967, aunque mi documento dice que fuè un dìa 23, en fin, en realidad en esa fecha recièn me anotaron en el Registro Civil. Mis padres fueron Dora y Benjamìn, quienes hoy, lamentablemente, ya no estàn conmigo. Tengo dos hermanos. Alejandra y Claudio ("Titi"). Mis estudios primarios los hice en la Escuela Fèlix Frias y en la Escuela Hipòlito Irigoyen de mi ciudad natal. Solo el 3er Grado lo hice en la pcia de Bs.As. Luego vino la secundaria la que cursè en forma completa en la, por entonces, ENET Nº 1 "Dr. Ramòn Carrillo", de donde egresè en el año 1985 con el tìtulo de Tècnico Mecànico. De allì en màs emprendì el largo camino de salir a forjar mi propio destino hasta llegar a este presente hermoso que hoy quiero compartirlo con uds. Pero eso y algunas otras cosas de mi vida, se los cuento màs adelante.

domingo, 19 de octubre de 2008

El juego de los sentimientos

Cuentan que una vez se reunieron en algùn lugar de la tierra los sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando el aburrimiento habìa bostezado por tercera vez, la locura como siempre tan loca, les propuso: “Vamos a jugar a las escondidas”. La intriga levantò la ceja y la curiosidad sin poder contenerse preguntò: “A las escondidas? ¿Còmo es ese juego? “Es un juego, explicò la locura, en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millòn mientras ustedes se esconden, y cuando haya terminado, el primero de ustedes que encuentre ocuparà mi lugar para terminar el juego”. El entusiasmo bailò secundado por la euforia. La alegrìa diò tantos saltos que terminò por convencer a la duda e incluso a la apatìa, que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar. La verdad prefirió no esconderse, ¿para què? Si al final siempre la encuentran. La soberbia opinò que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiera sido de ella) y la cobardìa prefirió no arriesgarse.
“Uno, dos, tres…”, comenzò a contar la locura. La primera en esconderse fuè la pereza que se dejò caer en la primera piedra en el camino. La fè subiò al cielo y la envidia se escondiò tras la sombra del triunfo, que con su propio esfuerzo habia logrado subir a la copa del àrbol mas alto.
La generosidad casi no alcanzaba a esconderse, porque cada sitio que hallaba le parecìa maravilloso para alguno de sus amigos. ¿Qué tal un lago cristalino? Ideal para la belleza. ¿La rendija de un àrbol? Perfecto para la timidez. ¿Una ràfaga de viento? Magnifico para la libertad. Asì la generosidad terminò por ocultarse en un rayito de sol. El ego, en cambio encontrò un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, còmodo, pero solo para èl. La mentira se escondiò en el fondo del ocèano, en realidad detràs de el arco iris. La pasiòn y el deseo en el centro de los volcàn. El olvido…se olvidò donde. Cuando la locura contaba 999.999, el amor aùn no habìa encontrado sitio, pues todo estaba ocupado, hasta que divisò un rosal y estremecido decidiò esconderse entre las flores. “Un millòn”, gritò la locura y comenzò a buscar. La primera en aparecer fuè la pereza, solo a tres pasos de una piedra. Despuès escuchò a la fe discutiendo con Dios sobre zoologìa, y a la pasiòn y al deseo los sintió vibrar desde el fondo de los volcanes. En un descuido encontrò a la envidia y pudo deducir donde estaba el triunfo. Al egoìsmo no tuvo que buscarlo ya que el solito saliò disparando de su escondite que habia sido un nido de avispas. De tanto caminar la locura sintió sed, y al alcanzar el lago descubriò a la belleza. Con la duda resultò màs fácil todavía, pues la encontrò sentada sobre una cerca sin decidir aùn en que lado esconderse. Asì fuè encontrando a todos. Al talento entre las hiervas frescas, la angustia en una oscura cueva, a la mentira detràs del arco iris y hasta el olvido, que ya se habia olvidado que estaba jugando a las escondidas. Solo el amor no aparecìa por ningùn lado. La locura buscò detràs de cada àrbol, debajo de cada piedra, en la cima de las montañas y cuando estaba por rendirse, divisiò el rosal… y comenzò a mover las ramas. De pronto un doloroso grito se escuchò. Las espinas habìan herido los ojos al amor. La locura no sabìa que hacer para disculparse. Llorò, rogò, implorò, pidió perdòn, y hasta prometiò ser su lazarillo. Desde entonces, desde la primera vez que se jugò a las escondidas en la tierra, el amor es ciego y la locura simpre lo acompaña.

domingo, 5 de octubre de 2008

El bambù japonès
No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante. También es obvio que quien cultiva la tierra, no se para impacien-te frente a la semilla sembrada, apurándola con el riesgo de echarla a perder, gritándole con todas sus fuerzas: ¡Crece, maldita seas! Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes: siembras la semilla, la abonas y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto,que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles. Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú crece ¡mas de 30 metros! ¿Tardó sólo seis semanas crecer? No, la verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años. Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas veces queremos encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados, sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo. Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta. Es tarea difícil convencer al impaciente que sólo llegan al éxito aquellos que luchan en forma perseverante y coherente y saben esperar el momento adecuado. De igual manera, es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creemos que nada está sucediendo. Y esto puede ser extremadamente frustrante. En esos momentos (que todos tenemos), recordar el ciclo de maduración del bambú japonés, y aceptar que -en tanto no bajemos los brazos -, ni abandonemos por no "ver" el resultado que esperamos, sí está sucediendo algo dentro de nosotros: estamos creciendo, madurando. Quienes no se dan por vencidos, van gradual e imperceptiblemente creando los hábitos y el temple que les permitirá sostener el éxito cuando éste al fin se materialice. El triunfo no es más que un proceso que lleva tiempo y dedicación. Un proceso que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros. Un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia. Tiempo... ¡Cómo nos cuestan las esperas! ¡Qué poco ejercitamos la paciencia en este mundo agitado en el que vivimos...! Apuramos a nuestros hijos en su crecimiento, apuramos al chofer del taxi..., nosotros mismos hacemos las cosas apurados, no se sabe bien por qué... Perdemos la fe cuando los resultados no se dan en el plazo que esperábamos, abandonamos nuestros sueños, nos generamos patologías que provienen de la ansiedad, del estrés... ¿Para qué? Te propongo tratar de recuperar la perseverancia, la espera, la aceptación. Gobernar aquella toxina llamada impaciencia, la misma que nos envenena el alma. Si no consigues lo que anhelas, no desesperes... quizá sólo estés echando raíces....